El cambio de Switch / Mauro magnasco, gerente general el torreón export

Como en cualquier capital, la oferta laboral y las esperanzas de mejores salarios en Santiago probablemente genera una atracción por vivir en ella. Por otro lado, la diversidad cultural, el abanico de instituciones educacionales y la novedad de codearse con gente distinta, podría ser relevante para un porcentaje importante de quienes optan por vivir en una gran urbe, ¿pero a qué costo?

Hoy Santiago está saturado. Circular por la ciudad es un verdadero desafío y trabajar lejos de casa es una pesadilla. El parque automotriz crece como maleza y las calles no dan el ancho literal y figurativamente. Nos sentimos hacinados y entre el estallido y la pandemia, caímos en cuenta de manera categórica de que Santiago ya no es tan agradable.

La densidad de personas por metro cuadrado ha llevado el nivel de contagios de COVID-19 al nivel más alto del país. Por otra parte, los vecinos se han convertido en ocasiones en los nuevos “vigilantes” de las comunidades. Se sabe todo lo que hace el propietario de al lado y la libertad de acción individual no es más que un lindo recuerdo. Por estas razones, muchos santiaguinos decidimos abandonar la capital.

Hace unos años terminé viviendo con un pie en Chillán y otro en Santiago por razones laborales, ya que dejé mi carrera en el Marketing Digital y asumí el negocio familiar en el sector agrícola. He sido testigo del contraste entre vivir en la capital y en regiones. Junto con la llegada de la pandemia y como muchos capitalinos, hace tres meses atrás decidimos venirnos a Chillán junto a mi familia para poder estar más cerca del trabajo, lo que se ha convertido en una experiencia única.

El ritmo de vida es completamente distinto: la gente vibra en una frecuencia diferente, lo cual se aprecia de manera inmediata en el ánimo y la actitud. No hay que “encontrar un tesoro escondido” para recibir un gesto amable o una sonrisa. Respirar aire limpio y circular más de 10 minutos sin hundirse en un semáforo es habitual y en general, podría decir que la vida en el campo es más amena. Si bien tiene muchas cosas positivas, obviamente hay factores en contra como la monotonía y la falta de entretención. Cuesta mucho más encontrar “novedad” en ciudades más pequeñas. Por otra parte, se sufre el mal del “pueblo chico, infierno grande” donde todo el mundo se conoce. Quizás lo peor es la ausencia de servicios públicos básicos, como un sistema de salud completo o en ciertos sectores rurales, servicios fundamentales como señal de teléfono o internet. Pero a pesar de todo, la calidad de vida es sustancialmente mejor: gozamos de mayor espacio, mejor aire, menos estrés, mayor seguridad y el privilegio de estar en contacto con la naturaleza.

Por todo lo anterior me pregunto: ¿Qué necesitamos para estar dispuestos a hacer el cambio de switch? La respuesta de cada uno radica en sus prioridades y quizás muchos carecemos de la capacidad de mirar nuestra estrategia de vida con perspectiva y darnos cuenta de lo esencial para nuestra felicidad. Pero en un contexto como el de hoy, donde nuestras libertades se ven coartadas de manera crítica y somos incapaces de disfrutar de los placeres mundanos como salir a comer o juntarnos con nuestros amigos, lo fundamental cobra más peso y le da el favor a vivir de manera más natural.

Mauro Magnasco
Gerente General
El Torreón Export

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