Cuando la sequía pesa doble/ Federico Errázuriz, secretario ejecutivo de la Comisión Nacional de Riego

El contundente informe de la ONU que conocimos recientemente ha generado gran preocupación. El planeta está experimentando cambios en el clima que aceleran el derretimiento de hielos milenarios y el alza del nivel del mar, también aumenta la frecuencia de fenómenos climáticos extremos: inundaciones, sequías y olas de frío o de calor, con una velocidad alarmante. Esto viene a ratificar informaciones que venimos escuchando desde hace ya varios años. Por ejemplo, el hecho de que Chile reúne siete de las nueve características de los territorios con mayor vulnerabilidad frente al cambio climático según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

Lo anterior no es algo que adviertan sólo los expertos del planeta reunidos en Suiza, sino que lo estamos viviendo en carne propia todos los chilenos durante los últimos 13 años. Hemos tenido una seguidilla de los inviernos más secos y cálidos en la zona centro y norte de los que haya registro, acompañados por violentos aluviones en el norte chico, torrenciales lluvias altiplánicas, granizos en enero en la zona central y extensos veranos sin lluvia en la zona sur. Claramente, en Chile, el cambio climático se ha manifestado mayoritariamente con menores precipitaciones y mayores temperaturas.

Es bien sabido que el agua es un recurso fundamental para la vida en nuestro planeta. A todos nos nutre, nos hidrata, nos alimenta y nos baña, y por eso su escasez nos genera mucha preocupación. Pero para algunos es aún más grave. Para los agricultores el agua es, además, un recurso fundamental e irremplazable para sustentar su producción y, con ello, mantener a sus familias y ser motor de desarrollo en sus localidades. Sin agua no hay agricultura.

Esta doble vulnerabilidad ambiental y social que afecta a la gran mayoría de los agricultores ha llevado al Ministerio de Agricultura a redoblar sus esfuerzos para ayudarlos en la adaptación a esta nueva condición estructural de disponibilidad hídrica. En este sentido, se destaca la prórroga de la Ley de Riego, que apoya a los agricultores en la transición de riegos gravitacionales a riegos localizados, o en el aumento de eficiencia disminuyendo las pérdidas en los canales, haciendo posible mantener la misma superficie regada, con la mitad del agua.

Pero este instrumento, creado en época de abundaba hídrica y cuando la fruticultura estaba recién despegando, debe actualizarse a las necesidades del presente, y por eso desde el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, se ha propuesto al Congreso Nacional que este instrumento apoye únicamente a los agricultores pequeños y medianos, eliminando de los beneficios a aquellas empresas agrícolas de gran tamaño, que son capaces de solventar sus propios sistemas de riego.

La escasez hídrica que enfrenta nuestro país le pega dos veces a nuestro agricultores y se les presenta como crisis de corto plazo, y un enorme desafío de mediano plazo. Se preguntan, como todos nosotros, cómo sobrevivirá el planeta y a la vez, cómo sacarán adelante sus cultivos y, con ellos, a sus familias. Por esta razón, es fundamental que las políticas públicas en materia de riego se diseñen con el foco y con la premura que el desafío nos exige, y creemos que Ley de Riego es un primer paso en esta dirección.

Mientras seguimos abordando el enorme desafío de adaptarnos y mitigar el cambio climático, confiamos en que estas medidas sean un aporte concreto y eficiente a la emergencia actual que están enfrentando los miles de chilenos que viven del campo.

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